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Title: Roy


Fernny - May 13, 2007 12:47 PM (GMT)
Confesiones del autor:

Esta es mi primera novela decente. Sinceramente, no sé si la puedo llamar de tal modo. Las novelas están escritas por personas que saben lo que hacen, son largas, buenas. Pero este escrito lo considero mío. Sólo mío. Y eso me enorgullece profundamente.

Cuando me decidí a escribir esto, no sabía de qué trataría. Tenía mi cabeza rebosante de ideas, pero ninguna de ellas estaba clara. Seguramente, muchos libros han influído en ellas. Soy como una esponja, y eso me gusta. He hecho muchos "esbozos" antes de llegar a este texto, mínimamente coherente. Todos ellos los he guargado; no he tirado nada, ni pienso hacerlo. Para los que crean que escribo en el Word, están equivocados. Papel y bolígrafo, a ser posible, de gel.

Eso me permite escribir más rápido y hacer una mejor caligrafía pues no es lo mismo escribir con un lápiz que con un bolígrafo, aunque éste sea Bic (los odio).

Para ser sincero, prefiero escribir una historia de fin a principio que de principio a fin. Es decir, empezar por el último capítulo y acabar por el primero. Eso me ayuda a "conectar los puntos de la historia". Puede que sea una tontería, pero soy así. Pero esta vez he preferido, para variar, ser normal. Y puede que esto sea mi mayor error.

Honestamente, no sé a ciencia cierta de qué trata el texto. Estoy debatiendo conmigo.

Al principio de cada capítulo, veréis una cita. He intentado encontrar la cita que resuma, a grosso modo, el contenido del texto y la idea que se quiere captar de él. Espero haber acertado.

Si hay alguna temática la cual esté más alejada del texto, os puedo asegurar que esa es Pokémon.

No sé cada cuánto tiempo iré escribiendo los capítulos. Los estudios me tienen muy ocupado y a penas tengo tiempo para el ocio. Sin más, aquí os dejo lo escrito hasta ahora.

Fernny - May 13, 2007 12:50 PM (GMT)
Capítulo 1.

Así es - suspiró el coronel-. La vida es la cosa mejor que se ha inventado. -Gabriel García Márquez-


Roy se levantó de la cama. Como de costumbre, la alarma de su reloj aún no había sonado. No era una persona que durmiese mucho. Le gustaba levantarse pronto cuando toda su familia dormía, a oscuras, y salir descalzo al jardín de su casa, sentir el césped mojado por el rocío de la mañana bajo las plantas de sus pies; eso le hacía sentir libre, a gusto, vivo. Se tumbaba a solas en él, acariciando la tierra con sus manos y respirando hondo, sintiendo el aire olor a noche en sus pulmones.

Hacía viento y unas cuantas hojas quemadas por el calor corrían a su alrededor, caídas demasiado pronto. Sus amigos aún debían dormir: visto desde fuera, la casa parecía extrañamente desierta, como si nunca hubiera vivido nadie. El bosque bajaba hasta el río en pendiente, pero el río no se veía porque lo tapaban las hierbas altas. Un pájaro gritó: una garza en el cielo, por encima de los árboles. Otra la siguió con el plumaje azul y con las puntas de las alas más blancas que la sal. De repente, se levantó del suelo y, como si la nada le hubiera llamado, atravesó el bosque, todavía gris del alba, cuando los olores de las hierbas violetas se empezaban a mezclar en el aire. Ya no era un aire a noche; era un aire a libertad. El agua brillaba pintada de sombras y luces. El primer rayo de sol filtrado entre las ramas moría sobre el agua y volvía a nacer al fondo, indecisa, en una telaraña blanca.

La ribera del río estaba cubierta de hierbas. Encontró una barca detrás de un matojo aplastado por bolas de color del fuego, como un incendio helado. Era verde, con la pintura vieja y rasgada por los años. Parecía que los remos no se habían apartado de la barca durante mucho tiempo; eran negros, como si los hubiesen bañado en alquitrán.

Roy ya no acostumbraba a salir muy lejos de su casa. La muerte de su madre meses atrás, le había dejado secuelas. Solían salir a pasear por la orilla del río los meses de verano, cuando su madre le preparaba aquellas fresas con nata para merendar. Le encantaban. Primero cogía la nata, se la metía en la boca y la saboreaba. Era una nata especial, cremosa, dulce, con sabor a verano, a amor. Luego cogía las fresas; se las comía poco a poco, como si nunca quisiese que aquello acabara. Pero ahora sólo tenía a su padre, a su hermana y a sus tías. Odiaba que hablasen de su madre. Aquello le llenaba de congoja y de recuerdos. Ya no recordaba el sabor a fresas con nata; las odiaba.

Aquel día era la primera vez que iba al río después de la muerte de su madre. A penas le reconocía. Era principio de otoño, por lo que los árboles marchitaban sus hojas, deseosas de caer y tocar el suelo. Las hierbas ya no estaban verdes, fuertes, vivas.
Seguramente, la barca era de Simón, el antiguo propietario de la casa de Roy. Aquel desafortunado incendio, de hacía un año, la había dejado al descubierto.

Ya comenzaba a amanecer. No hacía tanto frío. Quería volver a casa, tumbarse en su cama y mirar al techo, al infinito, como hacía siempre. Corrió colina arriba, dejando atrás el río.



Capítulo 2.

Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes. -Khalil Gibran-


Había pensado toda la tarde en aquel pobre perro y, sin darse cuenta, había cerrado de un golpe la ventana de su habitación. Solía oírle a esas horas rondar por las alrededores de su casa, intentando encontrar comida por la barbacoa. Hacía meses que no la encendían. Su padre siempre estaba ocupado buscando trabajo y su hermana a penas le hacía caso.

-Hoy tampoco ha habido suerte, mañana probaré otra vez – decía su padre cuando volvía de buscar trabajo -.
Vivían del sueldo de su hermana, dependiente en una pastelería de la ciudad. El sueldo se esfumaba en la gasolina del coche, necesario para llevarla a la ciudad. A veces su hermana daba dinero a Roy, unos cuantos euros. Éste siempre los guardaba. El resto del dinero, a penas bastaba para llegar a fin de mes.

La única buena noticia de la semana era la vuelta de su hermano mayor, David, que se había quedado a vivir en Londres. Le gustaba mucho esa ciudad. Decía que era muy diferente de Barcelona, donde vivían. No sabían la causa de su vuelta. Roy no había dicho a nadie que semanas atrás había mandado una carta a Londres diciendo a su hermano que necesitaban dinero.

Desde que era pequeño, David siempre quiso aprender idiomas. Soñaba con viajar al extranjero para vivir una nueva vida. Barcelona, decía, se había quedado pequeña para él. Ahora su sueño se había cumplido . Trabajaba en una empresa importante. Ahora tenía un sueldo respetable y hasta acostumbraba a llegar holgadamente a fin de mes. Sus padres no estaban de acuerdo, decían que su sitio estaba en Barcelona, junto a su familia, junto a sus raíces. Su padre le decía que su deber era el de cuidar de su madre, enferma de cáncer.
Cuando David cumplió los veintidós años, apareció en la cocina con unos billetes de avión. En cierta forma, sus padres ya lo sabían. Dos meses después de que David se fuese, su madre había fallecido.


To be continued.

Fernny - May 14, 2007 07:42 PM (GMT)
Capítulo 3.

La vida no está hecha de deseos y sí de los actos de cada uno. -Pablo Coelho-

Después de saber la noticia, la casa parecía otra. Ahora, por primera vez después de mucho tiempo, rebosaba de vida. La hermana de Roy, Ángela, había sacado aquella lujosa vajilla. Era una vajilla perteneciente a la abuela, de porcelana, lucía relucientes hilos de oro engalonados con hermosas flores que daban la vuelta al plato, haciendo una sensación de movimiento. Decía el tío Felipe, que rozaban el patetismo, a lo que la tía contestaba.
-¿¡Tú qué sabes de vajillas, viejo gruñón!?.
Con esmero, toda la familia empezó a limpiar la casa. Ya no la limpiaban tanto como cuando vivía la madre de Roy, a penas tenían tiempo y, si tenían, había mejores cosas que hacer.


*****

El avión salía a las doce y media de la mañana. A penas tuvo tiempo de hacer las maletas y llamar a un taxi que le recogiese en Picadilly Circus. Había estado toda la mañana de aquí para allá, comprando regalos para su familia. David estaba cansado. Se dirigió al aeropuerto de Gatwick, al sur de Londres. El trayecto duraría una hora y, pese a la tentanción de coger un tren en Victoria Station, David prefirió ir en taxi. Le encantaban los taxis; aquellos típicos taxis negros, impolutos, viejos y a la vez elegantes. Aunque llevaba más de un año viviendo en Londres, aún no se había acostumbrado a la elegancia inglesa. Las mujeres vestían hermosos vestidos, todos ellos caros, puesto que Londres no era lo contrario.

Poca gente llevaba sombrero, y menos de copa. La influencia del extranjero había hecho mella en los londinenses. La mayoría eran de otra nacionalidad y, aunque no lo pareciese, la ciudad estaba inundada de estudiantes de inglés -"Es una gran metrópolis", le gustaba decir a David-.
Con un poco de suerte, David había podido alquilar un piso en Half Moon Street, una calle bastante conocida de Londres. Era difícil vivir en Londres. Decían que era una ciudad exclusivamente para trabajadores. La clase obrera se había transladado a los exteriores de la ciudad, la mayoría al sur.

El taxi se detuvo en la gran puerta principal del aeropuerto. El vibrante sonido del despegue de un avión despidió a David de Inglaterra.




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