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Title: Trainer Sakura
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Sakura Okino - March 26, 2006 07:33 PM (GMT)
Capítulo 1: De estudiante a entrenadora

Justo acababa de decir su profesor la frase "podéis iros para casa", cuando la chica cerró por última vez en mucho tiempo el último de sus cuadernos, guardándolo en su mochila con demasiado poco cuidado. Junto a él fueron a parar el resto de sus objetos, amontonados de cualquier manera. Fue entonces cuando intentó cerrar la cremallera de su bolsa, que por culpa de la mala colocación de los objetos, fue imposible que terminara de cumplir su función. A la chica no se le ocurrió otra cosa que, como desde que se acabó su último día de curso, pensó demasiado poco. Mientras con una mano metía y apretaba el contenido de la mochila hacia adentro, con la otra le pegó un tirón a la cremallera, y así hasta que consiguió, no cerrarla, sinó arrancarla. Su primera reacción fue quedarse un par de segundos viendo el resultado de su acción, para luego emepzar a soltar injurias.

—¡Maldita sea! ¡Lo que me faltaba! ¡Maldita cremallera! Oh, da igual... a tomar vientos.

Viendo que todos sus compañeros de clase habían salido ya cogió la mochila por la parte de arriba, y con su propia mano la aggaró para que no se abriera. Salió con ella en brazos para encontrarse en el pasillo con otra chica, que la detuvo al verla.

—Sakura... ¿qué le ha ocurrido a tu mochila?

Quien le habló era una chica de cabello negro azabache, quizá un poco más alta que ella, aunque no mucho. Su tez era extremadamente pálida, y sus ojos de un azul marino bastante oscuro, que brillaban detrás de unas elegantes gafas. Llevaba el cabello recogido en un moño que le daba todavía más un aspecto sofisticado. Su ropa aparentaba ser cara, compuesta por una falda que le llegaba hasta las rodillas, de color violeta, y un jersey blanco, junto a unas botas de cuero marrón. La chica de la mochila, quien le dedicó una mala mirada, vestía de una forma aparentemente más cómoda, con una camiseta ancha de manga corta color rojo, y un pantalón verde claro. Sus ojos eran también verdes, pero de un verde tirando a oscuro, y su cabello, recogido en dos moñitos que dejaban caer unas largas coletas hasta la altura de la cintura, era rojizo anaranjado.

—Cosas de la felicidad del último día... la he forzado demasiado... —respondió mientras sujetaba su bolsa de manera que no se cayera el contenido, cosa difícil ya que pesaba bastante.

Ahora, ya más calmada y pasada su primera reacción, su voz sonó bastante distinta, había cambiado su tono alocado por un tono incluso algo irónico.

—Tú y la violencia...
—No sé quien es más violento ­—respondió la chica pelirroja —Mónica... ¿alguna vez te has mirado al espejo estando enfadada?

Ahora su tono era ya burlesco, pero con simpatía. La otra chica, Mónica, le devolvió la mala mirada a Sakura para después sacar de su mochila intacta una pequeña bolita del tamaño de una pelotita. Como por arte de mágia, sólo cogiéndola esta se inchó tomando el tamaño de una naranja. Estaba dividida en dos partes, separadas por una franja negra, la parte superior era de color carmesí, y la inferior blanca. En un punto de la franja negra había también un botoncito blanco.

—Mira Sakura... ¿sabes qué es?
—Claro, cómo no... una pokéball.
—¿Sabes qué contiene?
—No me digas que...
—Sí —satisfecha la chica de cabello negro lanzo hacia arriba la esfera y la cogió al vuelo —Birku está dentro. Ayer lo puse en ella, preparando el viaje de este verano, y...

No le dio tiempo a terminar su frase, pues la pokéball que había lanzado de nuevo le resbaló de las manos y cayó al suelo, abriéndose por la zona de la franja, y soltando un haz de luz. Esta luz se materializó en una especie de serpiente morada, con una franja amarilla en el cuello y lengua no bífida. Era un ekans, pokémon que Mónica había tenido desde hacía unos años como su pequeña mascota serpiente, llamado Birku. Viéndose ahora fuera de su casa, y con el ruido del colegio, el pobre pokémon no pudo hacer menos que asustarse y empezar a moverse, avanzando por los pasillos, buscando una salida. Chicos y chicas que le veían pasar reaccionaban de formas muy distintas, algunos gritando con miedo, otros con curiosidad, o disfrutando de la situación caótica que se formaba cuando Birku pasaba. Mónica se dio prisa en recoger su pokéball y salir en busca de su mascota mientras que Sakura intentaba seguirla llevando consigo y cómo podía el peso de su mochila. Llegaron a tiempo para ver, ver y no evitar, que la serpiente se introducía en el despacho de dirección. Un grito que poco después salió de allí fue bastante para que al menos Mónica empezara a tener sudores fríos. La directora no parecía muy cómoda en presencia del pokémon, y se lo haría pagar.

—Señora... —Mónica entró en el despacho seguida de una cansada Sakura —disculpe... mi ekans...
—¿Es tuya esta cosa?

La directora estaba en un estado cercano al shock, con la serpiente morada frente a la silla de su escritorio. Poco a poco fue recuperando la calma, después de que Mónica devolviera al bicho a su ball, y emepzó con un discurso no muy agradable para las chicas.

—¡Señorita Mónica! Las normas de este cento hablan claramente sobre traer pokémon al colegio. Esa cosa podría haber causado graves problemas...
—¿Cosa? Oiga señora, con todo mi respeto, pero los pokémon también tienen sentimientos.

Tanto directora como alumnas se gieraron para ver la puerta, que había quedado entreabierta. Allí, apoyado en su marco, estaba el chico que había dicho la última frase. Llevaba un conjunto de chaqueta y pantalón rojos, cabello rubio y no demasiado corto, aunque tampoco largo, y ojos azul cielo. Estaba con los brazos cruzados, mirando a los ocupantes del despacho, sobretodo a Mónica, quien pareció relajarse bastante al verlo.

—¿Y a ti quien te ha dado vela en este entierro, criatura? —Le soltó la directora, enfadada.
—Yo sólo digo que los pokémon también tienen sentimientos. ¿Verdad chicas? Y encuentro muy desagradable que les llame "cosa".
—Menos tonterías, señorito...
—Tony Miyagi. ¿Qué va a hacer? ¿Castigarme? ¿Por decir la verdad? ¿Acaso no sabía ni esto? —El tono del chico era bastante arrogante.
—Ya estoy harta, aquí ha habido una falta grave de comportamiento. Tony Miyagi, fuera de este despacho. Señoritas...
—Mónica Higashiyama... y Sakura Okino, si no me equivoco. —Quien hablaba seguía siendo Tony, que no se había movido del lugar —Y le recuerdo que en ningún momento he entrado en el despacho, estoy en la puerta... ¿o acaso ni esto sabe distinguir?

Esas palabras acabaron de enfadar a la ya enojada directora. Sakura miraba simplemente sorprendida cómo el chico provocaba a dicha persona sin alterarse, sin temer aparentemente nada, y Mónica, aunque preocupada, parecía disfrutar y todo. Su expresión pasó a la de total preocupación cuando la directora volvió a hablar.

—Señorita Mónica, se quedará aquí hasta que aclaremos este asunto. Señorita Sakura... ¿ha tenido algo que ver con el asunto de la dichosa serpiente?
—Pues... no, bueno, estaba ahí cuando ha pasado y la he visto salir...
—Entonces fuera de mi despacho, ¡ya! Y tú... —refiriéndose a Tony —A ti no quiero verte más en lo que queda de hoy ni de vacaciones, suficiente desgracia tendré ya cuando regreses el curso que viene.

Con estas palabras echó a la chica pelirroja y al chico del lugar y cerró la puerta quedándose a solas con Mónica. Ellos dos quedaron en el pasillo, cerca de la puerta de salida.

—¿Por qué la has provocado? —dijo ella, preocupada, pero también sorprendida.
—Esa gente se gana su sueldo sin hacer nada, además de que ha insultado al pokémon de Mónica... y quería divertirme —respondió él totalmente impasible.
—Pero ahora será peor para ella...
—Nah... no el puede hacer nada, el curso ya ha terminado, de hecho, esta buena señora ya no tiene ningún poder sobre Mónica, como mucho le gritará un poco... aunque ya veremos quien acaba gritando más—añadió con una sonrisa.

Entonces fue cuando Sakura vio claramente que el chico a quien recién conocía ya conocía de tiempo a su amiga, pues sabía que la calmada y aparentemente fina chica podía ser en realidad un monstruo al enfadarse. La idea de imaginar a Mónica histérica le hizo reír a ella también.

—¿Eres amigo de Mónica?
—Sí, somos amigos desde hace tiempo... y buenos amigos. La conocí a los 6 años, cuando se trasladó de Malvalona a Lavacalda. A menudo venía a mi pueblo con su familia. Yo soy de Pueblo Pardal, al norte, pero prefiero estudiar aquí.
—Ajá... ¿y vienes cada día hasta Lavacalda?
—Sí, pero porque a mi padre le viene de camino para ir al trabajo. Por las tardes suelo regresar solo, y es un trayecto bastante agradable. Pero mejor ven, vamos a fuera... a Mónica ya no hay quien la salve ahora... cuando acaben la discusión ya la veremos.
—Está bien.

Tony y Sakura salieron del colegio para encontrarse con el ambiente calusoro de Lavacalda durante un mediodía soleado. Aquella ciudad ya cálida de por sí, estaba situada al pie de un enorme volcán, el Monte Cenizo, y era conocida por sus excelentes baños de aguas termales, tenía zonas de arena caliente y estaba rodeada por murallas naturales de roca rojiza. Los dos avanzaron por las calles, caminos en realidad, entre pequeños prados que separaban las casas.

—Y dime Tony... ¿cómo conocías mi nombre? ¿Por Mónica?
—Claro. Muchas veces me había hablado de ti, os había visto juntas, no sé... podríamos decir que ya te conocía sin que me conocieras a mí. Por cierto... ¿qué le ocurre a tu mochila?
—Se me ha roto la cremallera. ¿Te importa si voy a mi casa a dejarla? Además... me estarán esperando.
—¿Dónde vives?
—Cerca del Centro Pokémon, en la casa de dos plantas que hay al lado de la tienda de hierbas medicinales.
—Entonces te acompaño hasta el centro, y nos conocemos un poco más.

Así fue como Sakura entabló un principio de amistad con Tony. Siguieron charlando hasta que llegaron al Centro Pokémon, unos minutos más tarde, donde se separaron. Tony regresó, seguramente para su casa o a buscar a Mónica, mientras que Sakura fue a la suya. Por razones de trabajo, nunca había podido vivir con sus padres, quienes estaban en paradero desconocido desde que ella tenía un año. De todas formas a veces escribían a sus abuelos, con quienes vivía ella. Las cartas no llevaban ningún tipo de remitente, y nunca había podido responderles, pero sabía que estaban bien. Su abuelo a veces bromeaba diciendo que se habrían metido en algún proyecto sucio, a lo que su abuela respondía siempre que no dijera tonterías sobre su hija y su marido. Sakura no sabía que pensar, no recordaba a sus padres, conocía su aspecto por fotos antiguas que corrían por la casa, su forma de ser por lo que le habían contando, pero nada más, y no sabía qué pensar. Tampoco le importaba demasiado, pues su único contacto con ellos, y además monodirecional, eran unas pocas cartas que recibía una o dos veces al año. Se había acostumbrado a otro tipo de vida, y su familia más preciada eran sus abuelos, quienes la habían criado desde pequeña. Ahora Sakura tenía 15 años. Su casa era del típico estilo del pueblo, con paredes de ladrillos amarillo-anaranjados y tejado tirando a marrón rojizo, rodeada por un pequeño patio cercado. La parte de arriba, como la puerta, eran de madera oscura. Esta puerta estaba entreabierta, y sus abuelos esperándola en la sala principal.

—Ya estoy en casa, gente. Disculpad la tardanza, ha habido lío, Mónica se ha quedado castigada y yo...
—No tienes nada por lo que disculparte, Sak ­—le dijo su abuelo —tardando, más has tenido que esperar para recibir tu sorpresa.
—¿Qué sorpresa?

Sakura dejó su mochila en la mesa, y se quedó mirando a sus abuelos con expresión sorprendida, ahora que se sentía aliviada por el peso.

—Antes de nada, mi chiquilla... ¿me enseñas las notas? —le pidió su abuela.
—Claro... pero... —se puso a hurgar en su mochila hasta sacar un sobre amarillo y se lo entregó a su abuela —¿qué sorpresa me espera?
—Hemos recibido otra carta de tus padres.
—¿Pone algo nuevo o interesnate...?
—Bastante. Dos hojas diciendo lo de siempre... que están bien, aunque no ponen dónde, cosas de la mafia, supongo...
—¡Qué mafia ni qué chorradas! Cariño, ¿puedes dejar de decir eso de tu propia hija? —soltó enfadada su abuela, aunque se calmó al instante.
—Bueno, pues donde sea, el caso es que hay un parágrafo dedicado a ti, Sakura. Mejor leela tu misma.

Su abuelo le entregó un sobre blanco ya abierto, de donde ella sacó varias hojas de papel escritas a mano, con una letra elegante, supuestamente de su madre. Empezó a leer como siempre hasta que llegó a la parte final de la carta, justo antes de las dos firmas.

"Para Sakura, querida hija nuestra:
Este año has cumplido ya los 15 años, y estamos convencidos de que tus estudios van bien y de que sabes cuidarte, así que hemos decidido mandarte un pequeño regalo. Es posible que este regalo cambie tu vida, o que sea simplemente un amigo para pasar los buenos y los malos momentos. Todo depende de el uso que quieras darle, de si quieres irte de aventura, o si prefieres seguir viviendo en tu casa, él será feliz de todas maneras, estoy convencidísima. Quizá tengas que tener bastante paciencia con él, tiene a temer a los humanos, pero también estoy segura de que si le cuidas con cariño te va a ser muy leal, te va a querer, y será un gran amigo tuyo. Mientras estaba aquí con nosotros lo llamábamos Virdial... pero ponle el nombre que quieras, ahora es tuyo. Es muy pequeño, y ahora dependerá plenamente de ti. Sabemos que serás responsable, y también, que va a gustarte... así que considéralo un regalo de fin de curso y también un regalo por todos estos años en que no nos hemos visto."


Sakura releyó el fragmento un par de veces más antes de levantar la mirada.

—¿Me han mandado... un pokémon?
—Así es —su abuelo le entrgó una pokéball como la de Mónica, en su forma pequeña —Aquí lo tienes, Sakura. Todavía no hemos visto qué tipo de pokémon es, queríamos que tú fueras la primera en abrirlo.

La chica estuvo observando la pequeña bola, su brillo y su forma, para luego apretarla con su mano y ver como esta crecía. Ahora tenía la ball preparada para ser lanzada. Pensando que quizá su nuevo pokémon sería muy grande para sacarlo en esa habitación, salió al patio, dejando la puerta abierta, y la lanzó.

—Sal... mi pokémon... ¡sal del pokéball!

La ball impactó contra el suelo para volver luego, como por arte de magia, a la mano de quien la había lanzado. El haz de luz que salió de ella fue tomando forma, dejando ver un ser relativamente pequeño, con unas largas orejas y una cola grande y peluda. Al hacerlo del todo, Sakura pudo observar al pokémon totalmente. Realmente sus orejas eran muy grandes comparadas con su tamaño, tenía unos ojos negros brillantes, alrededor del cuello tenía varios mechones de pelo, y cuatro patas cortas. Su cola era también enorme, o ese aspecto le daba la cantidad de pelo que tenía en ella, lo que la asemejaba a una brocha o a un pincel.

—¡Eevee! —gruñió la criatura, mirando a su alrededor. Entonces vio a Sakura, se fijó en sus ojos y erizó su pelo, gruñiendo.
—¿Pero qué te pasa? —dijo ella, acercándose.
—Ev...

La chica lo acarició y el pequeño eevee se calmó bastante, lo suficiente para que dejara que Sakura lo tomara en brazos, y siguiera acariciándolo. Lo entró.

—Mirad —les dijo a sus abuelos, que habían salido a la puerta —mis padres han de estar lejos de Hoenn, este pokémon no vive en esta región, es un eevee. Nunca había visto un real...
—Ni yo, Sakura —su abuelo se sentó de nuevo en la habitación —A ver... déjalo en el suelo.

Su nieta le hizo caso, y el pequeño pokémon empezó a husmearlo todo, ya tranquilo después de las caricias que le había dado su entrenadora.

—Bueno Sakura —esta vez era su abuela quien hablaba —este pokémon es todo tuyo. Ya eres una entrenadora.

Sakura Okino - April 3, 2006 07:54 PM (GMT)
Capítulo 2: El medallón

Eran las 8 de la mañana, y Sakura estaba tumbada encima de la cama de su habitación, ya despierta pero todavía con el pijama. Su cuarto no era como el resto de habitaciones de la casa, sinó que estaba arriba de todo, y tanto las paredes como el suelo eran de madera, una madera de color marrón oscuro. El techo formaba un ángulo con la pared donde tenía su cama y estaba en una diagonal muy pronunciada, de manera que la parte más baja quedaba encima de la cama y podía tocarlo sentada en ella. Justo en esa parte estaba una ventana, ahora cerrada, y que a veces le permitía salir al tejado. En la pared contraria, que era considerablemente más alta tenía un escritorio, y en el rincón más oscuro unas estanterías con libros. Allí tenía también desde hacía menos de 24 horas una pokéball, el pequeño eevee al que había decidido mantener el nombre y llamar Virdial. Viendo que estaba perdiendo el tiempo, Sakura se levantó de la cama para luego vestirse, esta vez con una camiseta blanca y un pantalón azul claro. La noche pasada había llamado a casa de Mónica para contarle todo sobre su regalo, y sus familias les habían dado permiso para salir de aventura durante el verano, las dos juntas, por primera vez metidas en el mundo del entrenamiento pokémon. Nada podía salir mal, o esto pensaba Sakura, y con esta idea bajó a desayunar. Sin embargo, dejó de pensar en el mundo pokémon cuando a media escalera oyó unos ruidos, y más tarde en el salón pudo ver como su abuelo le pegaba unos golpes brutales al mando del televisor contra el suelo.

—¡¿Pero qué haces?! ¡Te cargarás el mando! —le gritó su nieta.
—Ya está estropeado de todas maneras... ¿sabes? —aun así, dejó de golpearlo —Y a veces, con un golpecito...
—Esto no era un golpecito... vas a agujerear el suelo incluso... ¿has probado antes en cambiar las pilas?
—No pero... las cambié hace muy poco...
—Cámbialas de nuevo, al menos es una solución menos bestia.
—Está bien, espérame.

El abuelo se levantó para ir al sótano. Entonces Sakura se dejó caer en el sofá frente al televisor con un suspiro.

—No me extraña que necesitara el mando... este programa merece un puesto VIP en el cubo de la basura.

Cansada de la típica programación que no vale nada, no estuvo más de 10 segundos sentada, se levantó y se dirigió a la cocina, pero se detuvo al oir a sus espaldas otro tipo de golpes, algo golpeando el cristal de la ventana. De nuevo regresó al salón, y su sorpresa fue ver allí, llamando, a Tony Miyagi. Ella abrió enseguida, y el chico empezó a hablarle bajito y deprisa.

—Oye Sakura, he sido yo quien ha estropeado temporalmente el mando, con esta maravilla que traigo aquí —aún nervioso, le mostró a Sakura un laptop que tenía apoyado en el suelo del patio —digamos que tiene un sistema capaz de controlar todo tipo de aparatos electrónicos, algo que me permite hacer cosas como esa.
—Ajá...

La chica le miró, sorprendida de lo que era capaz de hacer aquel aparato, de color plateado en la parte de la tapa y negro de dentro. En la tapa tenía el anagrama de una gran marca de tecnología, "Higashiyama". En un instante dejó a un lado las posibilidades que había imaginado sobre cómo había llegado ese ordenador de la empresa del padre de Mónica a manos de Tony, para fijarse en la situación en que la ponía.

—¿Y no hubiera sido más fácil llamar y entrar por la puerta? —le respondió.
—No tengo mucho tiempo... escucha, estoy aquí a escondidas. Tengo algo que decirte... Mónica me ha contado sobre tu pokémon. No es normal.
—Ya lo sé... es un eevee, si no me equivoco puede evolucionar en cinco tipos distintos de pokémon...
—No es a eso a lo que me refiero, Sakura. El caso es más grave... tu eevee es de importación. Y cuando se importa a un pokémon hay que rellenar un informe... mi padre trabaja en la aduana, se lo conté y le dije que mirara de dónde provenía, para así tener una pista del paradero de tus padres. Mónica me lo pidió. Pues bien, este año sólo han habido 11 importaciones de pokémon. Eevee no es ninguno de ellos.
—¿Viene del mismo Hoenn?
—No. Eso fue lo primero que comprobé al ver lo otro. No hay eevee en Hoenn.
—Ah no... un momento, un momento... —el tono de Sakura era bastante incrédulo ahora —¿me estás insinuando que mi eevee es ilegal?
—No te lo insinuo, Sakura. Tu eevee es ilegal, no tiene papeles...
—Sea como sea —Sakura estaba más nerviosa ahora —siempre podemos decir que ha nacido aquí, en Hoenn, no sé...
—Legalmente esto no es posible... sin embargo podría hacerse, pero aquí hay gato encerrado. Ciertos pokémon...

Sus palabras fueron interrumpidas por unos pasos en la escalera.

—Viene mi abuelo, tengo que irme.
—Pero... espera —se apresuró a decir él —quisiera aclarar este asunto...
—No hay tiempo... mira, hagamos una cosa. Ayer quedé a las 10 con Mónica en los baños termales. Ven, y allí me lo acabas de contar todo. Y ahora, adiós.
—Está bien.

Sakura cerró la ventana justo a tiempo, cuando su abuelo entraba ya en la sala. Cambió de canal unas cuantas veces para luego soplar por encima del mando como si de un revólver se tratara, y se sentó en el sofá.

—Arreglado del todo. ¿Qué quieres ver, Sak?
—No creo que nada merezca la pena. Y creo que iré a comprar mis objetos de entrenador, así que si me disculpas...

De nuevo la chica salió de la habitación, se dirigió a la cocina para coger un poco de pan y salir a la calle. La tienda no le quedaba lejos, estaba situada al lado del Centro Pokémon, detrás de su casa. Al llegar vio en la puerta un cartel que ponía "Se venden bayas a bajo precio". Sakura entró.

—Buenos días —la saludó el dependiente.

La tienda estaba desierta, algo no muy raro a esas horas de la mañana en un pueblo como Lavacalda, no muy concurrido de entrenadores.

—Buenos días. Verá... soy Sakura, alguna vez me habrá visto correr por el pueblo, y soy entrenadora desde ayer, así que venía a comprar unas cosicas. Para empezar... si pudiera darme 5 pokéball, 5 pociones y... ¿en la puerta pone que se pueden comprar bayas curativas?
—Pues sí. Tenemos bayas Aranja y Zidra, que ayudan a aguantar combates duros, Atania, que curan el sueño, Zreza para la parálisis, Meloc para posibles envenenamientos, y Safre para las quemaduras.
—Entonces me quedo una baya de cada, más lo que ya he pedido.
—Bien —el dependiente cogió tantos objetos de cada tipo como le habían pedido y los colocó en el mostrador —¿Algo más?
—Pues...

En aquel momento Sakura se dirigió a la parte trasera de la tienda, donde sabía vendían algo que le haría mucha falta después de romper una cremallera por una tontería. Mochilas de entrenador. Se quedó mirando un momento hasta ver una que le atrajo en especial, era negra de fuera, con un compartimiento a parte delante y otro a cada lado. La cogió sin pensarlo dos veces y la trajo al mostrador.

—Me quedaré esto también.
—¿Así que te vas de aventura?
—Ajá... así es.
—Pues entonces... me has pedido 5 pokéball, y no entraría en promoción, pero ya que eres del pueblo no puedo hacer menos.

El dependiente sacó otra ball blanca de arriba y abajo, con la franja que las separaba de color rojo, y se la entregó a Sakura.

—Supongo que ya sabes que esto es una honorball. Tiene las mismas propiedades que una pokéball normal, pero es más bonita.
—Gracias por el regalo entonces...
—Y bueno, el resto de cosas serán 10000 pokécuartos.
—Aquí tiene —respondió la chica, alargándole al dependiente la cantidad de dinero que, aunque no dijo nada, calificó de "robo" —Nos vemos.
—Hasta otra, vuelve cuando quieras —se despidió este.

Así fue cuando Sakura, ya equipada y habiendo guardado todo en su nueva mochila, decidió volver a su casa, a por Virdial y a prepararse para la cita. Entró feliz por su compra y pensando de nuevo en las situaciones para usar lo que había comprado, se imaginó luchando y atrapando pokémon, junto a su eevee... antes de que cierta inquietud la asaltara de nuevo. ¿Qué pasaba con Virdial? Fuese lo que fuese, no parecía ser muy buena noticia... ¿o se trataría de una broma del chico? Desde luego, si lo había sido no iba a quedar así.

—Me lo llevaré a los baños... así podré enseñárselo a Mónica y salir de dudas —dijo para sí misma.
—¿Llevarte el qué a donde? ¿Qué dudas?

Su abuelo acababa de salir de la salita para verla entrar, y obviamente la había oído hablar sola. Ella le miró, primero sin saber qué decir.

—No, nada... a Virdial, se lo enseñaré a mis amigos. Las dudas son simplemente si creen que es un pokémon bueno o no tanto... ya sabes, lo que se suele hacer...
—Todo pokémon puede ser bueno, Sakura. Y... bueno, tú misma, llévalo. Pero antes de irte, quisiera darte una cosa. Porque de alguna manera tendrás que llevar a tu nuevo bicho. Ya que eres nieta mía, creo que sería conveniente que usaras este cinturón —le mostró un cinturón de entrenador algo viejo, pero que seguía estando en buenas condiciones —Es el que usé yo en mis viajes por esta linda región que es Hoenn... si no te importa... me gustaría saber que también vas a llevarlo. ¿Qué te parece?

Sakura se quedó viendo lo que se le ofrecía. Al fin y al cabo, no parecía tan malo, y se olvidó de comprar uno. Sin duda llevar el cinturón le daría mucha comodidad al llevar sus balls, así que decidió aceptar, fijándose también en una particuliaridad de ese cinturón. De un extremo colgaba un pequeño trozo de cristal verde, de forma irregular tirando a alargada, atado con un hilo grueso que lo atravesaba por una de sus puntas, a modo de medallón. La chica cogió el artilugio entre sus manos, poniendo especial atención en ese curioso cristal, bastante bello.

—Me parece bien... pero dime abuelo, ¿qué es ese medallón?
—Mi preciado amuleto, Sakura... cuando me entregaron a mi primer pokémon, este medallón colgaba de su cuello. Lo llevé conmigo durante todos mis viajes y mis aventuras... le pedí suerte en mis más feroces batallas... y me llevó a lo que llegué a ser, vencedor en todos los gimnasios de la antigua Hoenn. No sé de donde salió esta piedrecita verde transparente, pero saliera de donde saliera, es algo que me ayudó mucho. Cuando tu padre pasó aquí unos meses, estaba muy interesado por él, algunas veces había dicho que podía llegar a ser de un valor incalculable... no sé si será cierto, lo que sí sé es que para mí es de un valor incalculable. Estuvo guardado junto al cinturón, como en los tiempos pasados, hasta que hoy he vuelto a buscarlo... quizá sea el momento de darle vida de nuevo... ¿te gustaría llevarlo también? Cuando tu madre se fue de casa, yo seguía entrenando, y no se lo pude dar a ella, pero ahora este medallón está solo. Contigo volvería a ser un amuleto, un compañero de grandes aventuras.
—Pues... —dijo ella, desatando el medallón del cinturón y poniéndoselo en el cuello —diría que no me queda mal. Me irá bien tener algo que me recuerde a mi casa. Prometo llevarlo siempre, hasta que dejé de ser entrenadora. ¿Trato hecho?
—Por supuesto... —el abuelo sonrió —y pensar que hasta hace bien poco todavía corrías por la casa gritando que eras un torchic...
—No hace tan poco, tenía unos cuatro años...
—Para mí es como si fuese ayer... —le acarició su cabello anaranjado —pero ahora el torchic se ha vuelto combusken, y pronto será blaziken. En fin, creo que ya te he dicho todo lo que debía... y ahora, ve.
—Está bien. Nos vemos, abuelo.

Cuando su abuelo la dejó para volver, provocando un suspiro en Sakura, a la sala del televisor, ella subió a su habitación para meter en su mochila un traje de baño y su preciada pokéball. Bajó de nuevo y deprisa, ya que vio en su reloj que eran las 10 en punto, y salió de la casa para ir a los baños. Al doblar la esquina se encontró con Tony, quien la había estado esperando.

—¿Qué haces aquí?
—Es que... cuanto antes hablemos, mejor... ven, vamos. Tengo que contarte un montón de cosas.





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