Capítulo 1
El sol brillaba aquella tarde de julio. La olorosa brisa susurraba ecos de tranquilidad. Respiré hondo aquella paz, con la vista empañada en el lejano horizonte, pensando en cuál sería mi destino.
Telera era mi pueblo natal. Tranquilo, situado a orillas del Mar de Canth, parecía que el tiempo nunca pasara en él. En Telera había nacido yo, había sido educado por mis abuelos, y había crecido. Quizá demasiado.
La tranquilidad tiene sus ventajas. Pero mi corazón parecía morirse de hastío. La rutina, el calor, el sofocante calor. Quería ver mundo.
Por eso mismo estaba aquella tarde pensando en cuál sería mi destino. No me atraía la idea de permanecer en Telera y trabajar toda mi vida en los barcos de faena. Mis abuelos eran demasiado humildes como para poder financiarme un viaje, mucho menos una educación avanzada. Hacía un mes que había terminado el último curso en la escuela, y el hastío embotaba todos mis miembros e ilusiones.
Tenía que tomar la iniciativa. Y rápido. Pero quizá me precipité demasiado.
En mi cabeza se iba conformando un plan que podía sacarme de aquella espiral de inanidad. Poco a poco, la nebulosa de la idea se iba contorneando, concretando, hasta que, por fin, se resolvió.
Abrí los ojos. El ocaso marcaba las sombras de mi cuerpo sobre la arena. El viento se tornaba frío y silbaba. Tenía que actuar.
Me levanté y fui caminando poco a poco a casa. El camino no era largo, pero lo anduve lentamente, conocedor de que sería quizá la última vez que lo pisara con mis pies. Quería despedirme de mis abuelos.
Cuando llegué a casa, me encontré a mi abuelo recogiendo fresas en la huerta. Me ofreció algunas, como adelanto secreto del postre, y me las comí encantado. Pensaba que todavía era un niño, pero eso me gustaba. Mi abuela preparaba la cena en la cocina, mientras veía un conocido programa del corazón. No es que le gustara, sólo le hacía reír.
Esperé unos minutos hasta que la cena estuvo lista. Mi última cena en mucho tiempo. Pisto con tomate de la huerta, entrecot y, de postre, fresas con nata. Mis abuelos parecían leerme el pensamiento, me preguntaron qué pasaba. Nada, dije, pero mis cavilaciones eran demasiado reveladoras. Opté por acostarme temprano. Mis abuelos se miraron preocupados, y no les faltaría razón.
Capítulo 2
Aquella noche, de madrugada, me levanté en silencio. Me producía tristeza abandonar de esta manera a mis abuelos, pero sabía que era la única manera.
Mi abuelo tenía un pequeño barco. Pequeño, de madera, poca cosa. Se encontraba amarrado en el pequeño puerto de Telera, al lado de los barcos de pesca y las dos lanchas fuera borda de la policía costera, pero era tal su decrepitud que no contaba con ninguna medida de seguridad.
Aquella noche había luna nueva. La marea estaba alta. Extendí la vela y me dejé llevar por las corrientes nocturnas. Cansado, cometí el error de dormirme sin controlar mi rumbo. Tampoco me importaba.
Algunas horas después me desperté. Una esfera azul me rodeaba. Azules claros, azules oscuros, a veces, verdes. En medio, un sol abrasador era toda ruptura del inmenso azul que conformaban cielo y mar. Miré al horizonte, donde cielo y mar se fundían en uno solo, y me di cuenta de mi craso error. Estaba condenado.
Desesperado, me tumbé en mi barco esperando la muerte. Las horas pasaban, el hambre y la sed se hacían hueco en mis pensamientos. No me atrevía a tirarme al mar y perecer ahogado, quién sabe si aquélla muerte fuera más dolorosa que perecer de sed. Mi cuerpo se movía cada vez con mayor dificultad. Me dormí.
Dormido, no me di cuenta de la tempestad que se avecinaba. Al igual que la noche, negra e inevitable se acercaba como una nebulosa al mismo tiempo violenta y engañosa. Mi humilde barco de madera fue zarandeado una y otra vez por las grandes olas que lo golpeaban. Justo al despertar una ola inmensa, de unos 7 metros de altura, redujo a astillas lo que quedaba de mi barco. Traté de seguir a flote, nadando, gritando, llorando. La noche pasaba, al igual que mis fuerzas. Y, como la noche, terminé hundiéndome bajo el mar.
Mucho tiempo ha pasado desde entonces. Mucho.
Capítulo 3
Abrí los ojos. A mi alrededor, una costa ignota, de la cual no podía divisar su final. El mar, azul, el interior, agreste, limitado por unos riscos que impedían mi acceso desde allí. Nada parecía haber cambiado. Sólo me sentía perdido.
Lo primero que hice es preguntarme qué fuerza extraña me había traído hasta allí, cuando creía que estaba totalmente perdido, reo de alta mar. ¿Tanta potencia tenía la tempestad que arrastró mi barco decenas de kilómetros hacia una costa que no pude divisar en su momento? ¿Tanto tiempo había dormido? Quizá fuera eso, sí, eso pensaba.
Lo más urgente era procurarme bebida y comida. Estaba terriblemente hambriento, tanto que ya no sentía hambre, sólo desfallecimiento. La bebida no supuso gran problema, de los riscos caía un pequeño hilo de agua dulce que sació mi sed como jamás podría haber imaginado, como si fuera la primera vez que bebiera agua tan pura en mi vida.
Sin saber qué hacer concretamente, eché a caminar hacia el oeste. La costa no parecía diferir demasiado de las que ya conocía. Arena, mar y sol. Quizá destacasen una especie de cangrejos que nunca había visto en mi vida, algo más grandes de lo normal y con los órganos de la vista especialmente desarrollados, y de los cuales preferí alejarme dando un rodeo, pero nada fuera de lo común.
Cuando ya creía que no iba a encontrar nada para alimentarme salvo que me arriesgara con los cangrejos, divisé a lo lejos cómo el risco comenzaba a resquebrajarse, y a permitir la entrada al interior. Aceleré el paso. Como si fuera un espejismo, parecía que nunca lograra acercarme a la pequeña ruptura del risco, como si la arena hiciera que fuera más despacio.
Cuando por fin alcancé la entrada, divisé siete árboles frutales. Con cuidado, procedí a seleccionar cuáles de esos frutos podrían ser comestibles. Quedé defraudado con el primero, parecido al limón, del cual apenas probé un trocito y casi me deja sin paladar de lo ácida que estaba. Los siguientes frutos no dieron mejores resultados, algunos eran demasiado amargos, otros, demasiado ácidos, ¿en qué clase de extraña tierra me encontraba que no podía encontrar frutas comestibles que yo conociera?
Por fin llegué al último árbol, cuyos frutos asemejaban forma de plátano. Los plátanos que conocía eran dulces, y bastante ricos en vitaminas, así que decidí que quizá fuera un buen intento. Acerté, eran exquisitamente dulces. Comí cuantos pude coger del árbol y me quedé con algunos por si no encontraba comida en el futuro próximo. Además este árbol me proporcionó algo que pudiera hacer de ropa, puesto que hasta ahora había estado desnudo debido a que la tempestad me la había arrancado, y temía encontrarme con otras personas de esa guisa.
Antes de penetrar en la zona de interior en mayor profundidad, volví un momento a la playa a pegarme un baño y así limpiarme el sudor y la arena que se me había pegado en el cuerpo. Una vez aceptablemente cubierto y limpio, me dirigí hacia el interior.